En una nación de opresión una monarquía gobierna como si fuera una tiranía.
Vasallos hipócritas halagan la incompetencia de un reino sumido en discordia.
Más la reina tan solo esta pendiente de sus amantes insolentes, mientras que su marido se ocupa de un ejército que otorga algo de seguridad. Los impuestos cada vez son más elevados, la comida se la queda la burguesía y las prostitutas están más tiempo en palacio que en la calle. El pueblo estaba en descontento, un apuesto caballero decidió tomar medidas para derrocar la monarquía. Era todo un estratega, hasta tal punto que de un tablero de ajedrez y sus correspondientes figuras formo un campo de batalla. Como una minuciosa partida el caballero con clase y delicadeza consiguió ser nombrado por el rey centurión de caballería. A la reina le pico su picardía y en su cama lo quería .El centurión observaba hasta el mínimo detalle de todo lo que sucedía en palacio.
En una cena entre ejército y los monarcas la reina se insinuaba al centurión con sumo descaro sin importarle que su marido estaba sentado a su lado. El apuesto hombre perplejo le siguió la corriente, analizando la situación fríamente llegó a la conclusión de que debía sucumbir a los encantos de la reina para proseguir con su plan. No se lo pensó se dejo guiar por la situación, las finas y delicadas manos de la reina y la inigualable belleza de ésta. Tras unas semanas después el centurión sabía todo los asuntos que se movían en el reino. Disponía de la confianza del rey, como uno de los caballeros más valientes y justos. Sin contar además que la reina le aseguraba protección a cambio de retozar con él. Todo estaba saliendo a la perfección, el final se aproximaba y con ella el comienzo de otro reinado ¿o quizás de una republica?
Una calurosa noche de agosto la reina esperaba como de costumbre a su centurión predilecto, éste no tardo en llegar con un vino francés de excelente cosecha y dos copas.
Aprovechando un descuido de la mujer, el hombre vertió una pizca de veneno en la susodicha copa de la monarca. Juntos bebieron hasta que el veneno empezó hacer efecto entonces el centurión le miró y le dijo: jaque mate a la reina, y luego depositó a su lado la figura de ajedrez que la representaba. Desapareciendo de la recámara de la monarca se dijo para si mismo queda el rey. Con pasos sigilosos se deslizó entre palacio, aprovechando la oscuridad que le brindaba la noche. Entró en la recámara del rey, y con un cojín lo asfixio. Los gritos del rey se veían ahogados por la “almohada”, hasta que de nuevo reinó la calma en palacio. El centurión volvió a pronunciar las mismas palabras: jaque mate al rey, y depositó la figura que lo representaba a su lado. A la mañana siguiente el sol saliente se imponía con una mueca irónica, teniendo en cuenta que en el reino era un día negro, tanto el rey como la reina habían muerto.
El apuesto hombre se sentía orgulloso ya que había conseguido cambiar una decadente monarquía y ahora… seria él quien reinaría.
Carolina Gutiérrez Pino.

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